Sombras del colonialismo mercantil español
Tras la muerte del General Franco, en 1975, la última etapa de mi infancia y mi adolescencia entera en Madrid, transcurrieron enmarcadas en un clima de borrachera de libertad y creatividad sin precedentes. Los límites no existían y el realismo no era simplemente la aceptación del presente. Músicos, cineastas, escritores y políticos abrazaron el slogan del mayo francés del 68 tratando de hacer posible lo que se consideraba imposible. Algunas de aquellas semillas germinaron con vigor y hoy son ejemplos de otra forma de concebir el mundo.
Sin embargo, el sector empresarial nunca participó de este espíritu de innovación y transgresión y, mientras en la calle se respiraba libertad creadora, en las oficinas se exigía corbata, gomina y obediencia ciega al superior. El espíritu más rancio de la dictadura se había refugiado en la empresa y en su santificación del beneficio a corto plazo cayera quien cayese.
Poco a poco, la política también fue sucumbiendo a la lógica del “pelotazo” (conseguir los mayores beneficios en el minimo espacio de tiempo posible) multiplicándose los casos de corrupción a todos los niveles. En tiempos de gobierno socialista esa rampante corrupción en la que empresas e instituciones públicas se veían envueltas en tramas grotescas terminó por cavar su propia tumba. Así se dejó paso a los “neocons” del Partido Popular que vinieron, de la mano de la administración Bush a poner orden en un terreno que conocían bien: todo por y para la empresa y el sector privado, sin tener que disfrazarlo con ningún tinte de progresismo. Se trataba de beneficio y el beneficio es bienestar. La teoría del rebalse y de la lucha contra el terrorismo como prioridad, no ofrecía dudas.
En esos años, incluso el indomable mundo cultural se vió sometido al dictado del mercado. Ya sólo se podía hacer cultura si había mercado para ella. Asi se fortaleció la telebasura, el cotilleo y la retransmisión de partidos de fútbol a todas horas, desapareciendo los programas de música, el cine independiente y el arte sin padrino. O tienes mercado o no existes.
Y así, con esa semilla totalitaria en su seno, las grandes empresas españolas comenzaron una nueva colonización mercantil de América Latina principalmente, su mercado natural.
Ahora, Roberto Mangabeira Unger profesor de Harvard y Ministro de Brasil, retrata las desastrosas consecuencias para España y para América Latina de ese colonialismo mercantil sin ningún matiz de responsabilidad, menos social.
Según Mangabeira, en su plan de expansión, España ha incurrido en un error fundamental: a pesar de estar formulada por un conjunto de intereses y liderazgos, nunca superó un oportunismo contraproducente, ya que en muchos países latinoamericanos, las empresas españolas son vistas con desconfianza. Esto se debe a que estas compañías son percibidas por su falta de compromiso con los países que las acogen, su poco esfuerzo para hacer más densos los vínculos con las economías locales y transferir tecnologías y conocimientos, y su falta de compromiso con la gente, que se traduce en seguir manteniendo el control de los puestos directivos en manos de españoles y de una falta de preocupación con las cualificaciones de los nacionales. Es, en definitiva una actitud que parece reducirse a entrar, ganar dinero y mandar el dinero de vuelta.
Por otro lado, Mangabeira señala que la disposición de los países latinoamericanos para tolerar este mercantilismo miope de las empresas españolas está disminuyendo rápidamente. Muchos de estos países luchan contra un desequilibrio en sus cuentas externas. Buscan una manera de combinar la substitución de importaciones con una ampliación de exportaciones. Quieren unir los mercados formales e informales de trabajo, y dar a una mayoría marginada acceso a conocimiento, tecnología, crédito y mercados. Saben que sin equipar a los desfavorecidos no conseguirán moderar las desigualdades. Por tanto, estos países precisan de socios, no de aprovechados y convendría, por el bien de todos, que los aprovechados se transformasen en aliados.
Así, considera que las empresas de telecomunicaciones, por ejemplo, tienen la oportunidad de producir y difundir en provecho de las pequeñas y medianas empresas y de las sociedades emergentes servicios y tecnologías simplificadas. Que es preciso aprender a dotar de instrumentos de comunicación a redes de empresas que compartirán recursos en cuanto compitan las unas con las otras. Que no basta reproducir lo que se hace, o lo que se hacía en Europa. Que es preciso innovar. Que en construcción civil, hay una obra gigantesca de reconstrucción de las periferias urbanas en sociedad con los gobiernos locales y con las comunidades. Que existe una demanda de nuevos materiales y de nuevas técnicas. Que en las operaciones de comercio exterior, hay necesidad de «trading companies» para organizar la producción de las exportaciones de las empresas de nivel medio, que representan la parte más dinámica e innovadora de la mayores economías latinoamericanas. Que en el sector financiero, en el que los bancos españoles ocupan una posición de tanta relevancia, hay una enorme demanda reprimida de acceso al crédito y a la financiación. De ahí la importancia de que los bancos amplíen los servicios bancarios al crédito para la masa trabajadora (estadísticamente más diligente en el pago de deudas que sus conciudadanos más ricos), y de bancos que trabajen para financiar y asesorar actividades productivas en vez de servir apenas como agentes de los rentistas.
Sin duda, estos retos están llenos tanto de riesgos como de oportunidades y exigen nuevas formas de asociación entre el Estado y la iniciativa privada de manera que se generen no sólo beneficios, sino también alianzas y conocimientos. Pero nada de esto puede suceder, concluye Mangabeira si las empresas españolas continúan operando de una modo neo-mercantilista, que le lleva a hacer menos bien, y en escala menor, lo que hacen las multinacionales americanas.
Por ello, podría esperarse de Europa en general y de España en particular que se diferencien del modelo de expansión norteamericano, que se consoliden como una civilización de experimentadores, en busca de invenciones e innovaciones, dentro y fuera de las grandes organizaciones empresariales y la prestación de servicios, sobre todo de servicios de alto contenido intelectual, como el camino más prometedor para el encuentro de España con el mundo. Y ese encuentro no debe ocurrir tan sólo a manos de grandes empresas.
Una nación de experimentadores, estudiando, actuando, e innovando en todo el mundo, y avanzando dentro de Europa como consecuencia de su avance en el mundo es lo que Mangabeira considera que España puede y debe ser.
Para que así sea, yo ya me he puesto a ello, abandonando la plantilla de grandes empresas y trabajando por y para un desarrollo mas equitativo de todos.
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Felicidades por el cumple…;-) que 5 años no es nada… que febril la mirada 😉 …. en fin saludos y salud